Cansados de esperar por España

Partamos de una declaración de anti-guruísmo: no sé qué va a pasar tras la suspensión (cautelar) del decreto catalán convocando un “algo-que-NO-es-un-referéndum-no-insista”.

Uno puede verlo como la habitual partida de cartas marcadas entre Madrid y Barcelona, entre CiU y quien sea que ocupe la Moncloa: yo te ofrezco uno, yo te pido tres, quedamos en uno y medio. (*)

Pero verlo así, me temo, es haberse quedado en 2007; en los tiempos en los que había cosas que se daban por hechas: el Rey era campechano, Pujol era venerable, y estábamos en el camino para llegar a ser la sociedad europea y moderna que nos habíamos prometido desde los tiempos de la minifalda y el 600.

Ese consenso ya no existe más. La derecha en general y el Partido Popular en particular tienen la absoluta convicción de que España realmente funcionaba bien en 1966 y que es allí a donde hay que volver (lo antes posible), mientras que la izquierda considera que esta sí, de verdad de la buena, te lo juro por Lenin y la Virgen de Coromoto, es la ocasión de volver a 1936, cuando fuimos el Poder y nos lo quitó Hitler (o algo). Mientras, el PSOE vaga en el letargo de intentar ganar unas elecciones generales montado en una ola de honradas pensionistas de permanente rubia y vestido recto de flores que den besos largos y babosos en los impecables pómulos de Ken.

Mientras, Europa entera espera ahogada bajo las convicciones de un Bundesbank que aún cree que a los europeos se les puede convencer de las bondades de la expresión “reformas estructurales” si se les explica con lógica y sentido común. A pesar de los esfuerzos de Jens Weidmann y la muchachada de Politikon, esa batalla dialéctica está perdida: los europeos identifican invariablemente “reformas estructurales” con “joderme la existencia” y por más que se diga que cuando soltemos el trapecio habrá otro al cruzar el abismo, no nos lo creemos más. No insistan.

El futuro está aquí, pero no lo vemos. La Guerra Fría ha vuelto con ganas y la OTAN hace maniobras en los bosques de la Galicia eslava: justo la clase de escenario con la que empiezan todas las novelas de aeropuerto sobre un holocausto nuclear. En China, un sondeo habla de que el 53% de la población piensa que habrá una guerra con Japón antes de 2020, el tipo de solución que una dictadura totalitaria encuentra para una clase media preocupada por la vida. Angoleños pasean por las calles de Lisboa en Mercedes Clase S viendo qué parte del país comprar con el dinero del petróleo. Occidente ya no es Occidente y hay un indonesio detrás de nuestro puesto de trabajo.

Farage y Le Pen hacen fortuna diciéndoles a los jubilados de las cuencas mineras que podrán volver a vivir en el mundo que quedó atrás (es curioso que tanto el UKIP como el FN triunfen más en lo que vienen a ser las Gandías de sus respectivos países) pero es mentira. El pasado tiene esa interesante característica de que lo seguirá siendo siempre.

Hemos tomado el Estado nación, pero la burguesía se las ha arreglado para hacerlo inoperante: y en el mundo global, donde no hay Estado, ni Cristo que la fundó, es ella, la burguesía, la que corta el bacalao. Y no va a dejar que el Estado vuelva a ganar cuerpo. Puede hacerlo y lo hace. O la izquierda se pone al tajo de crear instituciones supranacionales fuertes, o estamos perdidos. Pero ustedes, sin duda, ya saben eso. Se lo he contado ya demasiadas veces.

Vamos a Catalunya, pues: como ya he dicho, puede ser que Artur Mas y sus alegres confrades consideren que esto es una maniobra política más, pero por lo que yo veo, por lo que yo oigo, por lo que yo siento de mis amigos catalanes, la fuerza de lo que han creado les va a pasar sin piedad alguna por encima. Porque, más allá de todos los pros y los contras, el independentismo ha dado a los catalanes la posibilidad de soñar con algo nuevo y con algo diferente.

Es lo que les dije en su día: la política española, ahora mismo, lo único que ofrece es el Pasado. La excepción es el sector de Podemos que, a pesar del bombardeo diario de la Sexta, rechaza la idea de Pablo Iglesias y sus alegres camaradas de los departamentos de Ciencia Política de Somosaguas (que abogan por un Congreso del Partido, un Comité Central y un Politburó, eso sí, de la Gente™). Cierto es que no saben lo que quieren, pero el simple hecho de estar buscando ya es un avance.

Los catalanes se han cansado de esperar por el futuro de España. No aparece por ningún lado porque, en la inmensa mayoría de los casos, no lo estamos buscando. Miramos al pasado para no mirar al abismo que hay delante de nosotros. Quizás podamos construir una España donde todo el mundo tenga cabida, pero creo que esa es una tarea de la que la izquierda ha desistido, más que nada porque es incapaz de construir una IZQUIERDA donde todo el mundo tenga cabida. Quizás España como tal no tenga futuro. Quizás Catalunya tampoco, pero eso los catalanes deberán descubrirlo por su cuenta.

En todo caso, tenemos que ponernos a buscar el futuro. Quizás no se trate de mirar hacia adelante, sino hacia arriba. Europa para empezar, el mundo para seguir. No son las líneas nacionales las que cuentan, sino las generacionales y las de clase. A mí me gusta mucho una frase de Franklin Delano Roosevelt: “It is common sense to take a method and try it. If it fails, admit it frankly and try another. But above all, try something”. Los catalanes quieren intentarlo. ¿Por qué no nosotros?

Seguiremos informando.

(*) De hecho, el Gobierno catalán podría haber hecho lo que el de Quebec en su momento y apostar por una pregunta completamente inocua legalmente (v. g. “¿Aprueba usted que el Gobierno catalán negocie con el Gobierno de España una reforma constitucional que permita la independencia de Catalunya?”) y obtendría la legitimidad que busca, pero creo yo que lo que la suspensión del TC le conviene más a la retórica política de CiU.

1 comment for “Cansados de esperar por España

  1. Jose
    01/10/2014 at 00:53

    Excelente artículo, ¡enhorabuena! Creo que tal vez podría matizarse un punto, no se espera por España, se espera por Europa, se espera por el mundo. En el clima político en el que nos encontramos, la escasez de liderazgo no solo de la izquierda española, sino de una derecha casposa sin empatía, sin altura de miras, en un clima económico y social, en medio de una crisis que denota un cambio de era; es necesario mucho más que la negación como respuesta, de hecho la no respuesta. En esta España de eterna frustración callada, la izquierda se rebela apelando a Podemos, que como bien dices carece un rumbo claro, pero al menos plantea que hay que cambiar, en Cataluña la frustración, el cambio es bastante más obvio, renunciar a una identidad que nunca fue completa, más aún cuando se reprime y se niega el derecho a la opinión y a la decisión.

    No hay nada más triste que negar el derecho a opinar, nada más lamentable que apelar, como único argumento, a la Ley. El amor por el estado, por la patria, por España o por Cataluña no se impone, como el propio sentimiento del amor, como diría Baxter: “No hay nada que hacer, se quiere o no se quiere”, sin embargo sí está en nuestra mano apelar a los vínculos y a los sentimientos comunes, y es algo que nuestros políticos, y en especial el gobierno, no entienden. En su mano estará que todo llegue a buen puerto, pero honestamente, con la altura que tiene la clase política actual, y visto cómo han llegado a este punto, dudo que sean capaces de gestionarlo.

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