Juan Carlos o el final de una excusa

Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, rey de España, ha anunciado hoy que abdica. Para los panegíricos y los insultos, que los hay muchos y en abundancia, consulte en los medios de su cuer… perdón, de su preferencia. Por mi parte, lo único que puedo decir es lo mismo que dije tras la muerte de Adolfo Suárez: España puede y debe estar mejor de lo que está, pero podría estar mucho peor, y eso debemos agradecérselo en gran parte a Juan Carlos I. Y yo lo hago.

Aparte de la pregunta de cómo elegirá ser enterrado en el Escorial (yo apuesto por Juan IV, el nombre que le hubiera correspondido si su padre hubiera sido Juan III, que es lo que consta en su lápida), la pregunta es qué va a hacer gran parte del progresismo español una vez acabado definitivamente el juancarlismo, ese curioso stand-by que los nominalmente republicanos se inventaron mientras esperaban a que ya no hubiera riesgo de que los militares se hartasen de todo y les fusilasen. Pues bien, ese riesgo ha pasado (sí, ha pasado) y ahora los mecanismos de sucesión siguen su curso: si de la Constitución española depende, la monarquía está garantizada por lo que queda de siglo (y recordemos que el regicidio en España siempre se ha intentado con entusiasmo, pero no ha funcionado desde Pedro el Cruel)

Y es que el republicanismo español tiene un problema, y un problema grave. Su punto fundacional es que la Segunda República, la época más gloriosa de la Historia de España, el punto más cercano a la verdadera libertad que ha tenido jamás, fue derrocada por un golpe ilegítimo y sus responsables martirizados con la muerte y el exilio. Sin medias tintas aquí: la Segunda República Española fue un desastre, desde el principio hasta el final. Tuvo tres problemas fundamentales: primero, el estar diseñada como un instrumento para llevar España al siglo XX sin preocuparse -y, de hecho, siendo abiertamente hostil- al hecho incontestable de que había una gran parte del país que estaba perfectamente a gusto en el siglo XIX o incluso antes. Segundo, y dado que, como digo siempre, gobernar es transigir, el hecho de que el primer Gobierno republicano tuviese que actuar de forma responsable (quicir) provocó la hostilidad de los guardianes de la pureza revolucionaria. Y tercero, introducir un sistema electoral diseñado por Belcebú en persona que conseguía crear al mismo tiempo un sistema bipartidista… cuyos bloques estaban espectacularmente disgregados y tendían al extremismo.

Y es esa obsesión por la Segunda República es la que lleva a los republicanos de hoy a insistir que la Tercera República cometa los mismos errores que la Segunda: una república hostil con la burguesía, con la iglesia, con el capitalismo, en suma, una república que representa, grosso modo, a como mucho un tercio de los españoles. Y esa, dicen, será la verdadera democracia: cuando todos los que ganaron la Guerra Civil la pierdan y los que la perdieron la ganen. Justicia al fin, dicen. Una vuelta de tuerca más en la rueda de acción-reacción donde España lleva metida desde el Motín de Aranjuez.

Eso asfixia al republicanismo español: su incapacidad de atraer al conservadurismo -que, queramos o no, es electoralmente mayoritario- e incluso a los izquierdistas moderados hace que, al ser una opción de partido, sea una opción minoritaria. El mainstream del republicanismo español ni siquiera pretende atraer a esa gente. Por el contrario, su república es una venganza contra todos ellos. Así no vamos a ir muy lejos.

Yo soy republicano por convicción, pero ese republicanismo no me representa. Lo que quiero es una república encabezada por una figura respetada por la mayoría de los españoles y elegida por ellos en elecciones abiertas. Quiero una república federal formada por comunidades federadas en las que estén representadas todas las naciones de España, sean responsables de sus propias finanzas y contribuyan, libremente pero según sus propias capacidades, a una caja común. Quiero unas Cortes bicamerales formadas por un Congreso que represente por igual a todos los españoles, sin sobrerrepresentaciones rurales (la circunscripción sería la comunidad federada) y un Senado que represente por igual a cada una de las comunidades. Quiero un Estado laico, sí, pero donde la libertad religiosa sea total y cualquier adulto tenga el derecho a postrarse delante de lo que bien le plazca, y así enseñárselo a sus hijos, en su casa.

Pero, sobre todo, lo que quiero es que los españoles puedan elegir, sin traba alguna, qué sistema político quieren. Si quieren monarquía, monarquía; si quieren república, república, tal y como la quieran, y aceptar, sin cortapisas ni falacias del auténtico escocés, los resultados de las urnas. En España damos por hecho de que los españoles votarán sí, en referéndum, a cualquier cosa que le pongan delante. Y eso es lo que nos lleva tanto a bloquear con excusas leguleyas cualquier acción plebiscitaria como a creer, de forma excesivamente optimista, que el hecho de celebrar una consulta ya es ganar. Eso es falso, siempre y cuándo el debate político esté fundamentado en argumentos razonados. Cosa que, por ahora, siempre nos ha faltado. Cosa que no quiero que nos vuelva a faltar.

Seguiremos informando.

2 comments for “Juan Carlos o el final de una excusa

  1. Arthegarn
    10/06/2014 at 14:13

    Muy de acuerdo con tu análisis del problema del republicanismo en España. El otro día comentaba algo del estilo respecto a los problemas emocionales que suscita la tricolor con gran parte del Pueblo. Ele.

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