Días de cine: ‘El viento se levanta’

Hay que intentar vivir.

Hay que intentar vivir.

Una vez leí una crítica de Roger Ebert —posiblemente el más famoso de los críticos cinematográficos estadounidenses— sobre La tumba de las luciérnagas, una película del Studio Ghibli de Hayao Miyazaki (pero no dirigida por él). Ebert, que calificó al filme de una de las mejores películas sobre la guerra jamás hechas, afirmó que, al contrario que en Occidente, donde se hacen películas “de animación”, en Japón se hacen películas, que luego resulta que están animadas.

Muchas de las cosas que se dicen sobre La tumba de las luciérnagas pueden decirse sobre El viento se levanta, la —supuestamente— Última Película de Miyazaki™ (y ya van tres) que vi este viernes en compañía de mi maestro Cuervo Blanco y su amada Ruth. Ambas son películas en las que grandes catástrofes son momentos pivotales de la historia (y de la Historia): los bombardeos de Kobe en la II Guerra Mundial y el Gran Terremoto de 1923, respectivamente. Y, en ambos casos, mientras en una película de gente real los efectos especiales se hubieran comido la película (tanto si son buenos como si no), la animación te permite no distraerte del relato.  Al fin y al cabo, si puedes ver un elefante volar, bien puedes ver arder Tokio hasta los cimientos y seguir con la historia.

Y la historia es la de Jiro Horikoshi, un diseñador aeronáutico japonés responsable por aviones como el Mitsubishi A5M o el A6M Zero, mezclada con un relato de Tatsuo Hori, que es el que da nombre a la películaEl filme está dedicado a ambos hombres. Además, hay un personaje prácticamente transplantado de La Montaña Mágica, de Thomas Mann (y la película lo reconoce). “El viento se levanta” es el inicio de la última estrofa del Cementerio Marino de Paul Valéry, que actúa de leitmotiv durante toda la película. “¡Hay que intentar vivir!” dice el poeta francés, y pocos tiempos son tan chungos para eso como los años que van desde 1923 hasta 1945 en Japón. Primero, un terremoto que destruye la capital; luego la Gran Depresión; y, por último, la gradual pero decidida conversión del país en una dictadura militar.

Esta es la película más histórica de Miyazaki, y con un motivo: nunca desde la II Guerra Mundial Japón está tan decidido a volver a rearmarse como ahora. Los japoneses, asustados por la ascensión de China y de las dos Coreas (los misiles de Kim Jong-un están a una hora de avión de Tokio, remember) creen que es buena idea volver a tener un ejército de verdad. Y el bueno de Hayao, que nunca ha sido el hombre más belicista del mundo —basta ver cualquier otra de sus películas— ha decidido recordar a sus compatriotas que Japón, un día, creyó lo mismo, y acabó muy, muy, pero que muy mal. Obviamente, le han llovido collejas por todos lados.

En El viento se levanta la gente fuma. Y mucho. Muchísimo. Las pelis de Ghibli son distribuidas por Disney en EE UU, y me imagino a los censores de la House that Mouse Built teniendo paroxismos cada vez que alguien se enciende un pitillo. Y, como siempre en Miyazaki, son los detalles que marcan la diferencia. Alrededor de las lámparas encendidas bailan los bichos. Los tranvías tienen números de línea; las casas, carteles de “asegurada de incendios”, los yukata —si me permiten un pequeño apunte personal, si antes de esta película quería un yukata, ahora exijo uno— son minuciosamente diseñados. Pero donde la pornografía del detalle llega al paroxismo es en los aviones. Que Miyazaki es un aerotranstornado lo sabe todo Dios desde aquí a Niigata, pero en ésta película se sobra. Cientos de aviones, decenas de modelos distintos, dibujados al detalle, incluidas cosas que dejarían a cualquier ingeniero aeronáutico dando saltos en la butaca.

Dicho todo esto, salí del cine anoche con una sensación extraña. Sabía que me había gustado, mucho —aunque, en un momento preciso, me vi tentado de mirar el reloj—pero no sabía por qué. Después de consultarlo con la almohada, creo que es una peli correcta: es decir, cuenta una historia, tiene un mensaje, hace pensar. Pero, de pronto, he tenido una sensación que me ha dejado un extraño regusto. La película está tan pegada a la vida y a la historia que no es extraordinaria. Si no salí del cine con la sensación de que la peli que acabo de ver me ha cambiado la vida —como ha pasado en más de una ocasión— es que no es una historia para cambiarnos la vida; es la vida. Y creo que es lo mejor que se puede decir de una película de dibujos animados.

Seguiremos informando.

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