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Es una escena típicamente decimonónica. Una inauguración de un cementerio: desgraciadamente habitual en un país en guerra civil. Es una ceremonia cívica: la banda de música interpreta himnos patrióticos y religiosos, varios sacerdotes (porque estamos en Estados Unidos, donde nunca se conforman con uno) y un discurso de un prohombre local, de más de dos horas, alabando la causa del Bien y deplorando la acción del Enemigo. En suma, un rollo. Tras más de dos horas y media de ceremonia, el moderador se levanta y dice: “y ahora, el presidente dirá unas palabras”. El presidente, un tipo alto, feo, desgarbado, no muy bien vestido y que camina de forma desmañada, se levanta y saca un papel. Puedo imaginarme el suspiro entre la concurrencia. Yo también me esperaría lo peor. Y el presidente dice esto:

“Hace ochenta y siete años nuestros padres dieron a luz en este continente una nueva nación, concebida en libertad, y dedicada a la idea de que todos los hombres son creados iguales.

Ahora estamos luchando una gran guerra civil, poniendo a prueba si esa nación, o cualquier nación así concebida y dedicada, puede perdurar. Nos hemos reunido en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a dedicar una parte de ese campo como el lugar de descanso final para aquellos que dieron sus vidas para que esa nación pueda vivir. Es correcto y adecuado que así lo hagamos.

Pero, en un sentido más amplio, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este suelo. Los valientes hombres, vivos y muertos, que aquí lucharon, lo han consagrado, más allá de nuestra pobre capacidad de añadir o sustraer. El mundo poco notará, ni por mucho tiempo recordará, lo que decimos aquí; pero jamás podrá olvidar lo que hicieron aquí.

Más bien, nosotros, los vivos, debemos dedicarnos aquí a la tarea inacabada por aquellos que, al luchar aquí, tan noblemente la hicieron avanzar. Es a nosotros a los que corresponde dedicarnos a la gran tarea que nos queda por delante: que tomemos de estos muertos que honramos una cada vez mayor devoción a la causa por la que dieron la definitiva muestra de devoción; que aquí decidamos claramente que esos muertos no han muerto en vano; que esta nación, bajo la protección de Dios, tendrá un nuevo nacimiento de libertad; y que el Gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no debe desaparecer de la Tierra.”

Es la inauguración del cementerio de Gettysburg, Pennsylvania, el 19 de noviembre de 1863. Miles de veces se han repetido escenas similares; miles de veces han sido un rollazo macabeo. Pero, en esas miles de veces, el que hablaba no era Abraham Lincoln.

Seguiremos informando.

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