El agosto

agostar. (De agosto.)

1. tr. Dicho del excesivo calor: secar o abrasar las plantas. U.t.c.prnl.

(Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, 22ª edición, Madrid, 2001)

Agosto no le hace bien a las flores. Un 21 de agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia entraban en Checoslovaquia a salvar al pueblo checo de sí mismo, es decir, de su intención de sustituir el glorioso socialismo implantado por la voluntad del pueblo y del proletariado (y del padrecito Stalin, pero ese detalle por aquél entonces se llevaba con discreción) por cualquier otra cosa que no prohibiera a la gente cosas como leer los libros que quisiera o dar su opinión acerca de los que gobernaban. El experimento acabó, bueno, mal. De aquella experiencia nos quedan un par de cosas. Primero, en Madrid, se cambió el nombre del puente de los Héroes del Alcázar de Toledo por el de puente de Praga, que aún conserva hoy, como parte del plan del franquismo de justificarse a sí mismo por su combate al comunismo de allá en lugar del “comunismo” de aquí. Y, luego, se quedó la costumbre de llamar “primavera [inserte su país aquí]” a todo movimiento popular espontáneo que lleva a una súbita liberalización política.

En esta casa, donde el talento de gurú es escaso, nos enorgullecemos de este artículo de 2010, un raro ejemplo de previsión, en el cuál un servidor veía (gracias a la BBC) que las elecciones egipcias previstas para 2011 podrían ser más interesantes de lo que cabría pensar. Sé que queda feo, pero cito a mi yo de aquél entonces:

“Volvemos al mismo conundro que tenemos en Palestina o Irak: Occidente quiere que los países árabes sean democráticos, siempre y cuándo ganen los que nosotros queremos”.

Casi tres años más tarde, nos tenemos que envainar nuestro liberalismo occidental al darnos cuenta de que en Egipto, como en la mayoría de países árabes, la democracia supone el gobierno de la mayoría. Y la mayoría, en Egipto, no es nuestro colega el egipcio que ha ido a la facultad con nosotros, y en nuestro último viaje al Cairo nos acogió en su casa con piscina y nos llevó a ver los cafés en los que Naguib Mahfuz escribía sus libros. En Egipto, la mayoría es un fellah del Delta, que vive más o menos de la misma manera que su antepasado de la Decimonovena Dinastía, y que solo desea y necesita dos cosas para sobrevivir: un buen plato de ful medamés y el Corán. Esa es la clase de gente que llevó a Morsi al poder en 2011. ¿Quiere nuestro amigo el fellah una teocracia a la iraní? Quién sabe. Pero cuando tu principal preocupación es saber qué vas a comer mañana, lo único que quieres es tranquilidad. Y en Egipto, la tranquilidad solo la pueden traer dos fuerzas, las únicas suficientemente numerosas o poderosas para establecer su poder sobre el país: el Ejército o los Hermanos Musulmanes. Y visto que nuestro amigo el fellah ya ha visto como gobierna el Ejército – ininterrumpidamente desde 1952 – y es perfectamente consciente de su truculencia, la única opción que le queda es la otra. Y la otra, resulta, no gusta a nadie. Especialmente a nuestro colega el de la facultad. Cito ahora al gran sir Terry Pratchett:

“And so, the children of the revolution were faced with the age-old problem: it wasn’t that you had the wrong kind of government, which was obvious, but that you had the wrong kind of people”.

(Terry Pratchett, Night Watch)

Nuestro colega el de la facultad lo que quiere es no pasar vergüenza cuando sale al exterior. Pero insisto: aquí y ahora, en Egipto hay dos fuerzas: los militares y los Hermanos Musulmanes. Las masas de la plaza Tahrir, que quizás representen un 1%, un 2% de la sociedad egipcia, han sido utilizadas tanto por unos como por otros: unos para derribar a Mubarak, los otros para derribar a Morsi. Y ahora, caen las máscaras: el Ejército se dispone a hacer lo que siempre ha hecho desde 1952: el ministro de Defensa se pone un traje y corbata, gana unas elecciones convenientemente amañadas y reparte hasta el más execrable cargo de jefe de cartería entre los concuñados del capitoste militar de turno. En menos de un año, Abdel Fatah al Sisí será el presidente de Egipto, si no le matan antes, y las cosas volverán al cauce que dejó papá Nasser, implacable como el curso del Nilo.

Los intelectuales de Tahrir pueden ponerse en plan capitán Renault y llorar por el regreso del mubarakismo, que en realidad nunca se ha ido. Pero este es el Egipto que queremos. El Egipto que no decide ponerse farruco cada diez años y bombardear Israel. El Egipto que permite que decenas de miles de alemanes se peguen todos los años 10 días en Hurghada todo incluido con excursión de submarinismo por 499 euros más IVA. El Egipto que tiene el canal de Suez abierto para que podamos ponerle gasolina al coche mañana por la mañana. En suma, el Egipto al que estábamos acostumbrados. Que le jodan al fellah del Delta. Ya se volverá civilizado un día.

Mientras tanto, hay niños muertos a tiros en las calles del Cairo. Por la paz y la tranquilidad de Occidente. Hay días en los que las tripas se me vuelven piedra. Este es uno de ellos.

Seguiremos informando.

3 comments for “El agosto

  1. José Luis
    15/08/2013 at 08:59

    La alternativa, un Egipto en manos de los Hermanos Musulmanes y una teocracia de facto, me pone la piel de gallina.
    En un mundo ideal todos los países serían democracias y como dijo Fukuyama se acabarían los conflictos.
    En el mundo real hay culturas incompatibles con la democracía y con el sistema de valores occidental (con sus numerosísimos fallos, pero el menos malo hasta ahora)
    Si para que podamos vivir seguros hay que imponer ciertos regímenes, por mí de acuerdo.
    La alternativa es aterradora para nosotros.

  2. 15/08/2013 at 12:04

    Muy buen artículo. Cuando me haga ajquerosamente rico tendré que ver la forma de motivarte para que haya muchos más :-)

    José Luis, no estoy nada de acuerdo contigo. No quiero ir de fundamentalista por la vida, pero en el mundo real si no se tienen unos mínimos principios las consecuencias a largo plazo no suelen ser muy buenas: si predicamos democracia, ¿por qué sólo la apoyamos si ganan los “buenos”? Con el camino que llevaba Morsi, es muy posible que hubiera perdido el gobierno en las siguientes elecciones, fortaleciendo poco a poco las instituciones democráticas; además de que ejercer responsabilidades de gobierno suele moderar mucho las posturas.

    Con el golpe y la masacre de ayer, vamos camino de una guerra civil como la de Argelia: eso para mí es bastante más aterrador que un gobierno islamista como en Turquía o, si nos ponemos en el caso peor, Arabia Saudí, ambos aliados “nuestros” de lo más mejor.

    Y a ver con qué cara predicamos “democracia” a nadie. Putin, el Assad, Xi Yinping y compañía se van a hartar de reír.

  3. 15/08/2013 at 23:41

    Con países como éstos siempre pasa lo mismo: los occidentales nos hacemos una foto muy distorsionada de lo que pasa allí gracias a que nuestros políticos y reporteros dan voz a unas minorías muuuy pequeñas (nuestro colega de la facultad, los exiliados de turno que llevan 30 años sin pisar el país, y demás), y luego parece que no entendemos nada cuando pasa lo que tiene que pasar: que las calles hacen una cosa muy distinta a la que nos esperábamos. Lamentablemente, no parecemos aprender de las experiencias pasadas: si se promete apoyar una democracia, lo que la población local seguro que no te va a perdonar nunca es que luego condenes lo que sale de las urnas porque no te gusta; o aún peor, que contribuyas a derribar lo que ha salido de las urnas para dar paso a lo que a tí te conviene (tipo Irán en los 50). Colonialismo e imperialismo con otra máscara, de los que salen indefectiblemente odios eternos que luego es imposible atenuar. Parece que, de nuevo, se va a repetir la película. Qué espanto.

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