Hace tres meses que escribí mi último artículo en Ruina Imponente. Desde entonces, han pasado muchas cosas, la mayoría de ellas dignas de ser contadas. Muchos de mis lectores – creo conocer personalmente a algunos de los cinco – me han indicado que echan de menos mis poco estudiados desvaríos. He pasado éstos meses sin escribir y considero que, como catarsis y como (mediocre) prólogo a ésta nueva época de este su blog, mejor será explicarles qué me ha pasado, qué hago con mi vida y por qué he decidido ponerme de nuevo a escribir.
Como les conté en su día, en agosto del año pasado me echaron del curro en el que estaba: tres años y medio trabajando de recepcionista-telefonista para el Mal, o, dicho con otro nombre, una empresa que se dedicaba a gestionar un fichero de morosos. No era en absoluto un mal trabajo, mis jefas me apreciaban y he de decir que siempre que he trabajado para Mefistófeles todo el mundo me ha tratado con una amabilidad impecable. Fue un despido justificado pero legalmente improcedente, y, como recordarán, en aquellas épocas los despidos improcedentes venían acompañados de una sustanciosa cantidad de dinero, que no les diré para que no se rían de mi criterio con el parné.
En aquella época vivía independizado, en un pequeño y poco práctico apartamento en Puente de Vallecas donde lo único bueno eran las vistas de mi ventana y mi nunca suficientemente alabado compañero de piso, mi maestro Cuervo Blanco. En aquel momento vivía sin expectativas y sin perspectivas: había huido despavorido de lo que hasta entonces creía mi destino, ser alto funcionario, a la tercera semana de preparación; la mala alimentación me había convertido en un bicho de unos 115 kilos más o menos, y los días eran simplemente el espacio que quedaba entre una noche y otra.
Normalmente, en estas historias llega el momento en el que el protagonista conoce a Jesús o, en su defecto, a Warren Sánchez, pero a mi me echaron del trabajo. Sin curro y sin perspectivas, mis padres tienen la inexplicable actitud de acogerme en su seno: me recomendaron que volviese a casa y que aprovechase el dinero de mi indemnización para hacer un master o algún curso de formación superior que complementase mi relativamente sudada y desgraciadamente inútil licenciatura en Ciencias Políticas.
Así pues, hablé con mi compañero de piso, no renovamos el alquiler del apartamento y me dispuse a volver al hogar familiar en Mordor, de donde les escribo. Antes tuve que recoger mi habitación en el viejo apartamento, una experiencia inenarrable que me dejó claro que nunca, jamás, podría volver a vivir de esa manera. Les ahorraré detalles, y si los desean, que sea delante de una coca-cola y, mejor, mucho antes de comer. Mi madre también tuvo el criterio de ponerme a dieta.
Y en ese momento, tuve la inmensa suerte de contar con dos amigos estupendos que me dieron el soplo de que estaban buscando teleoperadores que supieran inglés, para trabajar para el Mal en Pozuelo de Alarcón. (Hasta ahora, el sino de mi vida laboral ha sido ser criado de Belcebú.) Pasé allí solo seis meses, pero la experiencia me devolvió el placer de tener compañeros de trabajo, que mis horas en soledad en la recepción me habían hecho olvidar, y conocí a mucha gente interesante de la que enorgullece ser amigo. En esos seis meses perdí casi 25 kilos y disfruté como un enano.
Pero no se me olvidó lo que había venido a hacer. En aquél momento decidí tirar por lo sano, olvidarme de mi licenciatura de Políticas y partir hacia mi primera pasión: la escritura, y para ser más exactos, el periodismo. Recordé los tiempos en los que torturaba a mi abuela en Brasil locutando noticiarios en un viejo grabador, y mis días de instituto en los que, junto a mi amigo el Deivid, llenábamos los recreos del IES Margarita Salas de crónicas de fútbol, horóscopos inventados y papel, mucho papel.
Y ya puestos, decidí apuntar alto e intentar ir al Master de Periodismo de El País, al que habían ido unos cuantos amigos míos cuya inteligencia admiro. Para mi gran sorpresa – bueno, no tanta, pero sorpresa de todas maneras – han tenido el escaso criterio de aceptarme, y es allí donde he pasado este último mes, en la compañía de gente excelente.
Claro, en un mundo donde el rigor, la objetividad y la independencia son palabras mayores, he llegado a dudar mucho sobre si era procedente o no mantener este espacio donde nunca he hecho gala de ninguna de las tres cosas (bueno, de rigor a veces, pero nada para echar cohetes). Al fin y al cabo, mi objetivo es ser periodista, no todólogo; independiente, y no militante; serio… pero no tanto. Llegué a considerar seriamente el cerrar éste su blog – más que nada para no perjudicarme en caso de que una búsqueda sucinta en Google llevase a mis futuros jefes hasta aquí.
Pero finalmente me he decidido a seguir. Vale que quiero ser periodista, pero también quiero ser lo que soy y lo que la vida ha hecho de mi. Además, me encanta escribir para ustedes y no voy a privarme de ello. Obviamente, intentaré pasar a mis textos lo que estoy aprendiendo en la escuela, pero no teman: quizás mis buenas intenciones se echen a perder en la próxima parida stream of consciousness que se me ocurra. Lo único que espero es que los dos o tres de ustedes que queden por aquí tengan tolerancia con este pobre friki que les escribe y me echen unos comentarios, cacahuetes para el ánimo.
Pero, a partir de hoy, y quizás más que nunca,
Seguiremos informando.

Vaya, pensé que habías abandonado el chiringuito, y me alegra sobremanera saber que no es así. Me alegra también que tu situación personal haya mejorado, aunque en este país tener talento y no tener trabajo (y justo lo contrario) es muy habitual.
En fin, ánimo en lo que emprendas y bienvenido
Estupendo leerle por aquí de nuevo; se le echaba de menos. Mantener un blog es cosa harto exigente, más aún si es de política y se anda mal de tiempo. Pero sus opiniones siempre son para mi buenas reflexiones y puntos de vista útiles. No nos vuelva a abandonar. Bienvenido.
Me alegro por ti, pues no hay nada como empezar algo con ilusión, y por mí, como lector de tu blog, porque has decidido seguir escribiendo en él. Creo además que es una buena carta de presentación para cualquier futura cosa.
felicidades por las mejoras en tu vid personal.
Da gusto ver que aun con la que esta cayendo hay gente con la moral alta y que va prosperano (pasito a pasito).
Suerte con el master que hacen falta periodistas que sepan de trenes!!!
Te echaba de menos… no dejes de escribir el blog, tus análisis políticos me encantan y me ayudan a entender este país en el que me ha tocado vivir…
Ostras pedrin, pues felicidades tio, lo complicado es empezar desde cero pero veo que lo has conseguido, bueno tb lo de bajar de peso jejeejeje, or lo que veo ya se acabaron las barbacoas, no?? jejejeje.
Bueno chiquitin sigue asi de bien a ver si nos vemossssssssss leñessssssssssssssssssssss
Un gusto de blog, Thiago. Has hecho bien en no cerrarlo. Lo primero es la fidelidad a uno mismo.
Esther
Creo que lo de gente excelente en el máster va por dos que estamos espatarrados en el sofá, disfrutando de tus composiciones. Quizá nos ha faltado algo de crítica hacia tu nuevo proyecto; todo se andará.
Un abrazo: David y Carlos.
No solo me alegro por tu experiencia, si no que he disfrutado de su lectura desde un punto de vista tipo “lector de la columna del periódico, con café, cigarrillo y actitud relajada”
Intento decir que si consigues transmitir esa sensación, lo estás haciendo de puta madre.
Un abrazo
Thiago, llevo lleyendote desde hace años, y no te he visto en persona desde el 2007, pero recuerdo tu voz y leo cada uno de tus articulos pensando en ella
No se puede saber de todo, si alguien quiere leer sobre criptografia y jugarretas de hackers leeran mi blog, el tuyo nos permite a los los no tan avezados en pòlitica seguir la corriente de lo que esta pasando
no haber escrito en estos ultimos 3 meses con la que esta cayendo, es de
delito, chaval!
Thiago, muchas gracias por volver y me alegro que la ausencia haya sido por el comienzo de una nueva “aventura” que con tu talento, seguro que llegará a buen puerto. Ánimo desde Tenerife!!