No sé si ustedes se acordarán, pero Ruina Imponente nació junto con Público. De hecho, el primer artículo que escribí en mi actual encarnación bloguera explicaba por qué había decidido, como tantos otros en aquél entonces, pasarme de periódico. (Luego volví.) Hace un par de años llegué a hacer algo tan antiespañol como suscribirme al diario de Mediapro, pero a los pocos meses me independicé, así que cuando tuve que elegir entre renovar la suscripción y comer tuve que quedarme con la segunda opción.
No cabe duda que es una mala noticia para todo el mundo. Un periódico que cierra son familias enteras, grupos de amigos, cientos y cientos de personas que se van al paro. Por lo que he leído, los trabajadores del diario van a mantener la web e intentarán tirar desde ahí. Es posible que funcione. Al fin y al cabo, desde siempre me ha parecido que lo peor que tenía Público era su edición en papel. La web también parecía a veces diseñada por adoradores del Maligno, pero la maquetación del periódico y la elección de tipos de letra, aunque innovadora, siempre me pareció relativamente pobre. El primer día en el que puse las manos encima al periódico lo califiqué de “ADN con esteroides” y es algo que ha sido hasta hoy.
Lo mejor de Público es – no voy a usar el pasado porque soy así de optimista – su gente. La gente que escribe el periódico, la gente que hace los gráficos, los dibujantes (¡Manel Fontdevila!) y gran parte de los columnistas. Mientras el esfuerzo de colgarlo en la web se mantenga, eso, por lo menos, no lo habremos perdido.
Luego es lógico que el cierre del periódico es un argumento más dentro del gran debate de qué va a pasar con los periódicos, el mundo digital, etcétera, debate que, naturalmente, a mi me afecta de lleno.
Desde el día en que un tipo en Pittsburgh (o en Philadelphia, no recuerdo bien) se acercó a un micrófono y pasó a contar a los escasos radioaficionados de entonces como había terminado un combate de boxeo, el periódico ha estado sentenciado a muerte. Dado que han pasado casi 90 años y seguimos aquí, hemos de imaginar que de dos una: o los otros medios son muy torpes (y ya ha pasado por aquí gente como Walter Cronkite a demostrarnos que no) o los periódicos son aparatos extremadamente resistentes.
Como ya les habré contado en alguna ocasión, a mí me gusta recorrer las hemerotecas. Hubo un tiempo en Madrid en las que se publicaban diarios de la mañana (que se vendían de 6 a 12 de la mañana), de la tarde (de 12 a 18) y de la noche (de 18 en adelante). La radio y la televisión acabaron con los diarios madrileños de la tarde: nadie necesitaba comprarse un periódico para saber qué había pasado si lo escuchaba en el Diario Hablado.
Pero los periódicos de la mañana han sobrevivido hasta ahora. En parte por fetichismo, en parte por lo que llamo “prensa de sobaco”, es decir, el periódico que se lee por encima y luego se lleva bajo la axila para mostrar a todo el mundo de qué pie cojea uno (todos hemos visto alguna vez algún anciano repeinado, bigote ralo horizontal y jersey de punto de Confecciones Paqui subirse al autobús; para completar el retrato es imprescindible sumarle La Razón bajo el sobaco), pero en parte porque un periódico sigue ofreciendo cosas al lector que nadie más ofrece.
Tengo en casa una guía de Madrid de mediados de los ochenta – sí, soy asín – y lo que más choca es ver que hace treinta años Madrid tenía un centenar de cines. Hoy casi todos han cerrado… menos los de V.O. culturetas, que siguen casi todos. ¿Cuál es la moraleja? Que la definición académica de economía es gestión de la escasez. Quien ofrezca algo que puede encontrarse en cualquier sitio las pasará putas. Quien ofrezca algo que nadie más tiene puede hacerse de oro. A los periódicos les pasa lo mismo. El que venda las mismas noticias que cualquiera puede encontrarse en Internet buscando apresuradamente en Google está bastante, bastante jodido.
Público era un buen periódico de papel, y si sigue en internet será un buen periódico por internet. Sus cuitas económicas han sido más por una gestión financiera descuidada que por malvadas conspiraciones de la derecha. En todo caso, es una voz en el kiosco que se echará de menos. Y deja un nicho de mercado importante para quien sepa ver una oportunidad de negocio.
Seguiremos informando.

Da gusto volver a leeerte.
Y volvió el Cardenal!!!