La guerra que viene (quién sabe)

Normalmente, cuando hablamos de guerras en África, no hablamos de guerras a gran escala, con tanques, aviación y artillería. Ésto ocurre porque normalmente en éstos países la aviación se compone de un Piper Navajo y algún que otro Antonov al que le falta una hélice, mientras que los tanques son normalmente T-54 de tercera mano cuyos últimos repuestos llegaron en 1983. Las guerras en África, por desgracia, se hacen de una manera mucho más intensiva en mano de obra pero igualmente eficiente, a saber, distribuyes Kalashnikovs entre la soldadesca y les mandas al poblado vecino a matar a todo lo que se mueva: hombres, mujeres, niños y animales de granja. En el caso raro de que te falten soldados o Kalashnikovs, unos cuantos civiles con machetes cumplen una función similar. Éstos métodos primitivos producen pavorosos resultados – cuatro millones de muertos en las dos guerras civiles en Congo, por ejemplo – pero es que éstas guerras no son en puridad estado contra estado, sino más bien tribu contra tribu, con varios estados metiendo baza a ver qué pueden sacar (es decir, saquear).

Las guerras estado contra estado en África tienen un patrón igualmente definido. Se empieza utilizando el ejército regular, con tanques, aviación y toda la pesca,   pero a las dos semanas, cuando llegan las primeras facturas, los estados beligerantes normalmente tienen un ataque de sensatez, devuelven los Sukhoi que tan caros son de mantener al hangar, no vaya a ser que lo rompan, y, si la guerra sigue, normalmente es en el más tradicional patrón de guerrillas irregulares locales, situación low-cost que, ésta sí, se puede mantener por décadas.

Y he estado leyendo éste artículo de la Wikipedia (estaba en la lista de destacados hará una semana o así) y me ha quedado bien claro que si hay una guerra estado contra estado en África en el próximo futuro, es por ésto.

Expliquemos un poco el artículo: Hace un mes, el primer ministro etíope, Meles Zenawi, anunció que iba a construir la central hidroeléctrica más grande de África en su tramo del Nilo Azul, que es el que aporta dos tercios del agua del Nilo propiamente dicho – el otro tercio lo aporta el Nilo Blanco. Las obras empezaron cuatro días (!) más tarde. Etiopía ha anunciado igualmente que no pedirá ayudas internacionales para construir la presa, prefiriendo financiarla con bonos.

Traducido: Etiopía está construyendo una presa en el Nilo con el objetivo manifiesto de ser la banca en la pugna estratégica por el agua del río. Ésto cabrea sobremanera a los países río abajo: los egipcios y, especialmente, los sudaneses. Lo de financiar el proyecto con bonos es para que evitar que la comunidad internacional le ponga palos en las ruedas en éste divertido juego estratégico: haciéndolo independiente de cualquier ayuda, nadie le puede cortar los fondos en el caso de que alguien en Washington o en Bruselas se de cuenta de lo que está intentando hacer. Y empezando las obras a los pocos días de anunciar el proyecto intenta forzar el hecho consumado.

¿Por qué ésto y por qué ahora? Para entenderlo, tenemos que ir hacia el otro lado de Etiopía: hasta la frontera con Somalia. El ejército etíope, hará unos años, fue encargado por la comunidad internacional de meter baza en la Guerra Civil Somalí (que sigue ahí activa, muy bien, gracias)  en ayuda del Gobierno Federal de Transición, es decir, los clásicos Corruptos en los Que Confiamos, en oposición a los Harakat al-Shahaab Mujahideen, que aunque traducido literalmente significa Movimiento de la Juventud Esforzada, su nombre original es mucho más revelador, empezando por el hecho de que está en árabe y no en somalí.

En efecto, amigos, para el joven jihadista de hoy en día, Afganistán e Irak están pasados de moda: Somalia es el nuevo trend. Mejor clima, enemigos menos dedicados y mucho, mucho más dinero en juego (ho, ho, ho, a pirate’s life for me). Si nosotros, que somos el Todopoderoso Occidente, ya las pasamos putas para que no nos cruspan la cabeza en Afganistán, qué hará un pobre y desdentado soldado etíope, cuyo único equipamiento es un AK-47, un uniforme de algodón barato y algún casco excedente del Ejército Rojo – más pensado para los bosques de Sajonia que para el árido Ogaden – contra las hordas fanáticas del Mal.

En resumen, en casi cuatro años de intervención, Etiopía se las ha arreglado perfectamente para perder casi todo el terreno que haya conquistado en algún momento. Ahora mismo la sharia rige en casi la mitad de Somalia, las posiciones etíopes son pocas y dispersas, y, lo que es peor, dudo que haya un paisano en Addis Abeba que no sepa que la guerra va mal, los supuestos amigos somalíes son un chiste, y que Etiopía se encamina a perder la segunda guerra regional en veinte años (la primera fue la guerra de independencia de Eritrea) Es el mayor desastre nacional desde la invasión italiana – y una catástrofe para el primer ministro Zenawi, en el poder desde 1995 y que necesita desesperadamente buenas noticias. Ganar una guerra, aunque sea pequeña, vendría de perlas en éstos momentos.

¿Y qué mejor enemigo que los sudaneses, que acaban de perder un tercio de su territorio nacional a principios de año y cuyo presidente está procesado por el Tribunal Penal Internacional? Porque vale, el principal perjudicado por la presa en el Nilo Azul es Egipto – más poblado y con una agricultura mucho más dependiente del regadío, pero entre Egipto y Etiopía hay cerca de 600 kilómetros de Sudán – y Sudán no tiene una presa gigante de la que tirar como sí tiene Egipto. Y Egipto, que siempre ha sido el hermano mayor de Sudán, no se va a mover – el país está en un refrigerador político del que no va a salir hasta las elecciones de septiembre.

Todas las acciones de Zenawi parecen indicar que lo que el muchacho está queriendo es forzar una de éstas guerras de dos semanas con Sudán, cantar victoria y salir corriendo. Lo que no parece recordar es que el ejército sudanés tiene ahora mismo un cabreo sensacional: han perdido definitivamente la guerra civil tras casi treinta años (¡treinta años!) de lucha. Sin poder dispararle a los sursudaneses y sin poder descargar su ira masacrando pobres desharrapados del Darfur como ya era tradición, el ejército sudanés tiene ganas de marcha a no más poder, aunque sea por la honrilla. Una guerra contra Etiopía tampoco les vendría nada mal.

Y lo que es más gracioso: durante los últimos años, en previsión de una reedición de la guerra civil que quién sabe si se va a producir o no, China ha estado proporcionando a los sudaneses armamento nuevo – que no moderno: les han endilgado su versión del MiG-19, que es un avión diseñado a principios de los años 50. En todo caso, menos da una piedra – y, aunque veteranos, si bien manejados son aparatos que hacen pupita.

Así que serán dos semanas, sí, pero dos semanas interesantes. Y terribles.

Seguiremos informando.

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